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¿Cómo de segura crees que es tu contraseña?

Normalmente tenemos una contraseña para todo: para el correo (o diferentes cuentas de correo), para Facebook, Twitter y otras redes sociales, para mirar los movimientos bancarios, etcétera. Si tuviéramos una diferente para cada cuenta que utilizamos en Internet nos resultaría muy difícil acordarnos de qué contraseña teníamos en cada sitio, por eso unificamos. Es muy lógico y correcto, pero si algún día le da a un hacker por averiguar nuestra contraseña y lo logra, tendrá la puerta abierta para cotillear y tocar todos nuestros datos a su antojo.

¿Crees que has escogido una contraseña segura? Lo puedes comprobar en la web How Secure Is My Password. En el espacio en blanco escribes tu contraseña y te dice los segundos, las horas, los días o los años que tardaría un hacker en hacerse con tu contraseña. Hazlo y no te asustes si descubres que tu contraseña es facilísima, es normal, lo que puedes hacer es tratar de complicarla un poco.

En la parte de abajo de la web hay un botón (“Choosing A Secure Password“) que te ofrece una pequeña pauta para elegir una buena contraseña, a prueba de hackers.

Entre las cosas que hacemos mal a la hora de fabricar nuestra contraseña señala, por ejemplo, incluir información personal, del tipo de tu nombre, fechas de nacimiento, apellidos, teléfonos, o aquellas en las que se pone de contraseña el nombre de usuario o de cuenta, o la dirección de email.

También sugiere evitar cosas muy típicas como utilizar cualquier palabra y añadirle un número o símbolo. Por ejemplo: “abanico1”. O duplicar la palabra: “abanicoabanico”. O escribir la palabra al revés: “ocinaba”. Del mismo modo, desaconseja cambiar algunas letras por números que se parecen, como si en vez de escribir “abanico” pusiera “a6an1c0”. Es verdad que, en general, si lo compruebas no hay mucha diferencia, pero hay en casos en que sí se complica un poco por el hecho de utilizar algunos de estos “malos hábitos”.

Estos son algunos de los truquillos para fabricar una contraseña segura:

  • Utilizar al menos 8 caracteres, mezclando mayúsculas y minúsculas, números, signos de puntuación, espacios y símbolos.
  • No utilizar la misma contraseña más de dos veces, y cambiarla regularmente. Éste es uno de los errores que más cometemos. ¿Quién cambia su contraseña de vez en cuando??
  • Elegir una contraseña que puedas escribir rápidamente, para así evitar que a alguien le dé tiempo a ver lo que escribes y descubra tu contraseña. Esto me parece un poco exagerado, pero en fin.
  • Utilizar la primera letra de cada palabra de un verso o frase de una canción. Por ejemplo: “I used to rule the world, seas would rise when I gave the word”. La contraseña sería IUTRTWswrwigtw. ¡Si es una canción que te guste mucho no la olvidarás!

¡Ahora a cambiar o a modificar contraseñas! Ánimo!

¿Tú cuantos colores conoces?

Melón, fresa, plátano, mandarina…son frutas, sí, pero TAMBIÉN SON COLORES!!!

Todo el mundo conoce “Stop”, ¿verdad? Ese juego que cada uno lo llama como quiere y que podríamos decir que es la versión casera del Scattegories. Pues bien, supongo que a muchos os habrá pasado que os han mirado con cara rara o con cara de “ya estás haciendo trampas” por poner, por ejemplo, en la casilla de color, con la letra L, “limón”.

-“¡Limón!, ¡limón es una fruta, no un color!”

¿Os suena? A mí sí. Tengo que decir que, por lo general, estas quejas siempre me han venido del sector masculino, aunque no quiero generalizar porque sé que hay hombres que ven más de los siete colores básicos del arco iris. Lo que sí es cierto, y está estudiado, es que la ceguera al color o daltonismo es un problema que afecta mucho más a los hombres que a las mujeres. Y esto es, más que nada, cuestión de genética, ya que los genes que codifican los pigmentos se encuentran en el cromosoma X, que está presente dos veces en la mujer (XX), mientras que lo está una sola vez en los hombres (XY).

Os dejo aquí un gráfico que me encontré el otro día en doghousediaries.

Y aquí os lo pongo en español. (Fuente: nopuedocreer)

Ya sabéis, a partir de ahora, podéis hablar tranquilamente del color berenjena, del rosa chicle o del verde lima.

¿Qué tienen esos regalitos publicitarios?

A todos les vuelven locos. Da igual, sea lo que sea, todo el mundo quiere uno. Y si pueden ser varios, mejor, claro. Un boli, un cuadernito, unos lapiceros enanos tipo IKEA, una bolsa de tela, o hasta una cinta de esas para colgar las acreditaciones o el móvil, pero que luego no las usas para nada y se te acumulan mil en casa! Da igual, porque te salieron gratis. Gratis, ése es el quid de la cuestión, ¿no? Si no, no lo entiendo.

Yo soy la primera a la que le encantan esos bolis de publicidad. Siempre digo que pintan mejor que cualquier otro boli, y es verdad, así que si me regalan uno, encantada. Ahora, de ahí a mendigarlos… Es que es muy curioso ver cómo gente con un nivel económico bueno, aceptable, se arrastra por conseguir un simple boli o algo que ni siquiera sabe lo que es, pero que lo quiere. Va vestido con un polo de Ralph Lauren o lleva un vestidito de Custo, pero quiere la camiseta cutre XXL con el logo de la empresa. A veces piensas, ¿es que no tienen dinero para comprárselo? ¿O es que tengas el nivel económico que tengas, lo gratis es gratis y hace ilusión poder llevarse cosas gratis a casa?

Ante un mostrador, por ejemplo, la actitud primera de la gente es pasar, casi incluso sin saludar. “No tengo nada que decir”, “voy a mi bola”, “no me apetece que me suelten ninguna chapa”, “no quiero comprar nada, ni suscribirme, ni que me manden nada al correo”. ¿Pero qué ocurre cuando, de repente, de lejos, en ese mostrador tan temible, ve que dan un regalo? Que pasan de no querer dar nada (ni un simple saludo) a querer darte la vida si fuese necesario con tal de conseguir ese regalito promocional. Sus pensamientos cambian a “¿qué tengo que hacer para que me des uno de esos?” Es en ese momento cuando te das cuenta de la insignificancia y simpleza del hombre (“hombre” genérico, ¿eh?, del ser humano, tanto hombre como mujer), de su debilidad y su flaqueza, de su desesperación y de su afán de posesión y  aprovechamiento. Ves en sus ojos el nerviosismo y, minutos después, la alegría y relajación cuando finalmente se ha podido hacer con un cacharro que no va a utilizar nunca. Pero lo tiene en sus manos, ¡ya es suyo!

Lo que no piensa es que por ese trofeo, por ese boli, por ese segundo cuadernito que ha pedido o por el regalo final, ha dejado atrás esos principios con los que él iba tan airoso antes de ver el regalo, y al final ha dado su correo electrónico, sus teléfonos, dirección y ha dicho que, por favor, le avisaran de todo (sobre todo si va a haber nuevos regalos).