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Un día en la playa

Los primeros días de Semana Santa las playas todavía podían respirar de la gente. Éramos pocos los que ya habíamos conseguido huir de la ciudad y lográbamos disfrutar en la arena de los primeros rayos de sol del año, después del duro invierno cuyas nubes han mantenido al sol oculto durante meses.

Éramos pocos, pero fue interesante observar que los que estaban aquella mañana en la playa representaban una reproducción en miniatura de la estampa que alberga cualquiera de las playas de la costa blanca (o el resto de costas) de nuestro país en los meses de verano. ¿A qué me refiero con esto?

En primer lugar, a la familia compuesta por los padres y un hijo, éste de unos 14 años, que pasan sus vacaciones en el apartamento de Benidorm. Los padres son un poco mayores y de ahí suponemos que a lo mejor tienen otros hijos mayores que ya no van con la familia cada vez que estos se van al apartamento de la playa. En cambio, Sergio (nombre ficticio) tiene unos 14 y todavía no es lo suficientemente mayor como sus hermanos para hacer sus planes en vacaciones sin sus padres. Pero se aburre en la playa. Él prefiere la piscina. El padre come pipas y la madre está encantada de la vida sentada en su silla plegable leyendo el Hola. Pero Sergio se empieza a inquietar. Hubiera preferido haberse quedado en Madrid con sus amigos, pero no, ha sido arrastrado una vez más a Benidorm. La madre se cabrea porque el niño no se sabe entretener solo y le pide a Luis que, por favor, juegue con el niño a las palas. A regañadientes, éste acaba aceptando, tiene un vicio tal a las pipas que no consigue dejarlas. Pero lo hace, y padre e hijo se alejan de su espacio en la playa para jugar un rato a las palas. Manoli está en la gloria, por fin le han dejado tranquila con su Hola!

Trasladamos entonces nuestro punto de interés hacia donde están jugando padre e hijo. El padre parece como si tuviera los pies clavados en la arena, no se mueve. Se estira cada vez que le viene la bola, pero intenta no sacar los pies de la arena. Esto le sirve, igualmente, para mandar al niño a recoger la pelota cada vez que ésta toca el suelo, incluso cuando él es el que ha fallado en el juego. Es el precio que tiene que pagar el niño por haberle quitado de sus pipas. Pero ahí no termina la cosa. No se sabe cómo, pero el padre va ganando, tiene el ego por las nubes y le restriega una y otra vez al pobre Sergio lo malo que es. Entre punto y punto, con un tonillo “chulesco”, le va recordando los puntos que llevan y le repite, incansablemente, que no va a remontar ni en sus sueños.

Por otro lado, a nuestra derecha, nos encontramos a la pareja de unos treinta y tres años que se han cogido toda lasemana de vacaciones en el trabajo y se han ido a disfrutar unos días de la playa. En realidad, ella es la que quiere tomar el sol, y se sabe porque es ella la que está siempre colocada en perfecta posición en frente del sol (de hecho, se va moviendo poco a poco al tiempo que se va moviendo el sol). Él pasa, está sentado igual que al principio. Los dos, por supuesto, se han bajado también con su silla plegable, y con dos revistas: In Touch y Esquire. A él le gusta mucho su revista pero, en realidad, está deseando que ella termine la In Touch para tenerla en sus manos y poder cotillear la celulitis de las celebrities. Y así lo hace. 😉

Y delante, a escasos centímetros de nuestras toallas, los jóvenes que no paran de “darse el palo”. Tendrían unos 22 años y, en mi historia, se conocieron el verano pasado. Él, de Alicante, y ella, de Madrid. Ella se fue a Benidorm con sus amigas y una noche se conocieron. Ahora ella ha vuelto para pasar sus vacaciones de Semana Santa y han quedado de nuevo. Su reencuentro: en la playa, con ropa de calle (sin bañador) y una litrona. Mientras beben, ella no para de hablar y él le ríe todas las gracias. Al final, se acaban la litrona y se ponen a lo que habían ido, a liarse.

Para finalizar, dos últimos personajes. El primero es una señora que, con mucha paciencia, emprende más de media hora en preparar su fortaleza. Como si se tratara de una tienda de campaña, la señora empieza a unir palos y meter telas con las que va levantando su parcela privada en la playa. Y el último es alguien que no se podía quedar fuera de este post dedicado a la playa: el chico de las tumbonas, un hombre de unos treinta años que no ha dado un palo en su vida y que este trabajo de alquilar tumbonas es uno de los primeros en su tercera década de vida. La primera vez que le vimos estaba discutiendo por el móvil con su supuesto jefe. Llevaba sólo tres días trabajando y ya se le veía harto. Su disgusto era tal que se puso a beber cerveza con unos clientes en la playa y a contar a los cuatro vientos los problemas que tenía con su jefe. Un clásico.

¿Os suena, verdad?

Volviendo a casa…

Como cada día, el autobús va lleno de gente. Unos vuelven del trabajo, otros de clase, otros del médico…cada uno tiene su historia, y su vida, aunque no lo parezca. Si te fijas, parecen seres sin vida, autómatas. Unos van leyendo, otros escuchando música o la radio. También hay quien va durmiendo, cansado después de un duro y largo día de trabajo.

En general, todo está en silencio. Sólo éste se altera por el ruido del motor o por la conversación que mantiene alguien por el móvil. Pero nadie habla, a pesar de estar sentados a escasos centímetros unos de otros.

Sin embargo, todo cambia cuando surge algún imprevisto. Algo que les hace despertar. De repente, parece como si estuvieran vivos.  Con esto me refiero a esos momentos fortuitos en los que el autobús frena bruscamente , el conductor toca el claxon, se forma un inesperado atasco, la guardia civil corta el tráfico para hacer un control…o un viajero recrimina algo al conductor.

Es en ese preciso momento se produce un pequeño silencio -mayor aún del que ya habitaba en en el pasillo del autobús- para dar paso rápidamente al revivir de los viajeros, deseosos en ese momento de socializarse. Ya nadie recuerda ese silencio, ni le presta atención a su libro, ni al 20minutos, ni al boletín informativo de la radio ni, por supuesto, a las últimas canciones añadidas en su ipod.

Hasta ese momento habían ignorado por completo a quien se sentaba a su lado. No se habían fijado ni en su cara, ni en si era hombre o mujer, nada. Pero ese hecho inesperado da pie a que comiencen a hablar unos con otros, se entrometan airadamente en la discusión, se cuenten sus historias pasadas, ese momento en el que a él o ella le ocurrió lo mismo y cómo solventó la situación. Unos se alían en contra de otros, crece el griterío, se oyen frases como “este mundo es un caos”.

¿Quién se acuerda del silencio?

Al final, los que comenzaron siendo completos desconocidos y viajeros ignorados se bajan despidiéndose de sus camaradas. Y todo, ¿por qué? Porque un señor cogió el bus equivocado y no se pudo bajar en la parada que quería.